Venecia se veía tan lejana en este viaje.... Ni siquiera era una primera opción para mí. Y esto, porque cuando la visité junto a mis padres, abuela y hermano hace 30 años atrás la encontré horrenda. Tenía un hedor fétido producto de la humedad, el frío era intenso y eso de desplazarse en botecito fue en aquella época más bien una lata. Recordaba eso sí haber visto cómo soplaban el vidrio de Murano creando hermosas botellas y hasta lámparas, recordaba los disfraces y antifaces, porque habíamos ido en época de carnaval y como todo no fue tan adolescentemente negativo, algo quedaba de nostalgia en mi memoria: el famoso Puente de los Suspiros que une el Palacio Ducal con la antigua prisión de la Inquisición, cruzando el Rio Di Palazzo, eso me había cautivado.
Y ahí estábamos con mi hijo, tomamos un tren dormitorio desde Roma que era una cabina con cuatro camas en literas donde uno entraba a duras penas y donde mezquinamente un señor pasaba repartiendo apenas unas almohadas, jugos y unas pantuflas con tan poco glamour que me recordó las películas carcelarias, triste. Frazadas? jajajaja eso costaba probablemente 30 euros más. Lo que es peor, yo asumí que el único destino del tren sería Venecia y pensaba dormir a pata suelta, pero la lesera iba parando cada 40 minutos en alguna estación que nunca era anunciada, o sea si nos quedábamos dormidos despertaríamos probablemente en Austria, así que ni modo, le dije a mi hijo que durmiera tranquilo y yo pegué sólo el ojo derecho y apenas. A las 5:30 llegamos a Padova y por la hora calculé que debíamos estar llegando, así que lo desperté y empezamos a preguntar cuando bajarnos porque al igual que la canción de la muda, TrenItalia "nunca dijo nada".
Congelada, comienzo a ponerme capas interminables de ropa y bajamos a las 5:45 en la estación Venezia Santa Lucía, la oscuridad no nos impedía ver que llegábamos a un lugar con mucha agua y el reflejo de las luces amarillentas ahuyentaba mis miedos lógicos de turista perdida. Tomo mi mapa del hotel y leo en voz alta "hay que tomar el vaporetto 1" y apenas salimos de la estación de trenes nos enfrentamos con varios muelles todos numerados indicando estaciones para ambos lados, pero al igual que las caras cuando uno es nuevo en un lugar, todas las letras parecían intimidarme y el frío traspasaba mis botas. "Ay que mierda estoy haciendo acá pensaba yo, mientras añoraba mi camita y el abrazo tibio de mi marido que mantiene siempre mis patitas abrigadas". Por fin llega un bote, y como ya habíamos perdido dos, subimos sin preguntar. Empezaba a amanecer y los colores violetas se reflejaban en las cúpulas y edificios que rodeábamos lentamente en dirección sur....o norte?.... "Bienvenido a Venecia" le digo a mi hijo cuando ya aclaraba y las góndolas comenzaban a distinguirse, aparcadas junto a unas estacas blancas con líneas rojas. "Mamá es hermoso", me dijo, mientras yo comienzo a sentir que todo vale la pena y mis piececitos recobran calor. Nos bajamos del vaporetto y sigo mapa en mano, "el hotel está a 150 metros", digo como alentándonos a seguir, mientras pienso que aunque mínima, no lograré identificar esa distancia ni nada con este insomnio y este frío. Es la vida del turista ; )
El sol nos invita a salir, el agua es celeste y limpia, sin olores y lo estoy encontrando lindo. Estoy tan contenta que me esté gustando que no sé si comer o ir a la Plaza San Marcos, pero como no voy sola, gana la mandibula batiente de mi hijo y ahí estamos mirando a la gente pasar mientras una pizza marinera y un vino nos ayuda a tomar el día por las astas.
Sin duda Venecia es mágica y uno de mis suspiros más grandes quedaron ahí, en el puente, consolando a todos los que caminaron obligados cuando nadie se detuvo a observarlos como yo.